Casuística.
Hoy no fui a la Fiscalía a discutir derecho. Fui a ejercerlo.
Con un expediente completo, estructurado, documentado y coherente, acudí a depositar una denuncia penal en representación de una empresa que ha sufrido una pérdida patrimonial grave. Inventarios verificados, soportes anexos, fundamentos claros. Nada improvisado. Nada ambiguo.
Y aun así, el acceso no fue directo.
No hubo un rechazo formal. Eso sería al menos procesalmente correcto. Lo que hubo fue algo más sutil: una resistencia. Un filtro no escrito. Una incomodidad evidente frente a un expediente que exige trabajo, seguimiento, trazabilidad, reconstrucción de hechos.
Se reconoció que el documento cumplía. Pero no bastó.
Se sugirió esperar. Se habló de “verificación”. Se devolvió el expediente.
Ahí es donde el problema deja de ser jurídico y pasa a ser institucional.
El sistema penal no funciona por afinidad. No está diseñado para recibir lo que resulta cómodo ni para posponer lo que implica carga. La denuncia es una puerta de entrada. No es un favor. No es una concesión.
Cuando una persona o una empresa decide denunciar, no está pidiendo permiso. Está activando un mecanismo que el propio Estado creó para responder ante hechos que lesionan derechos.
Lo preocupante no es la demora. Es la lógica que la produce.
Si la recepción de una denuncia depende del ánimo, de la carga del día o de la percepción interna de que “esto suma trabajo”, entonces el problema no está en el expediente. Está en la forma en que se está entendiendo la función.
La ley es clara en algo esencial: el Ministerio Público recibe, registra e investiga. No selecciona por conveniencia. No filtra por impacto estadístico. No condiciona el acceso.
Lo que ocurrió hoy no detiene el proceso. Pero sí revela algo que debe decirse.
El acceso a la justicia no puede depender de la disposición del escritorio que lo recibe.
Y mientras eso ocurra, el problema no será de quien denuncia. Será del sistema que lo obliga a insistir.
Salomón Ureña Beltre
Abogado.